Fecha de publicación: mar, Oct 2nd, 2018
Sociedad | Publicado por: Clarin

“Menchi” Sábat: la deslumbrante sencillez en la cultura mayor

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CIUDAD DE BUENOS AIRES (Línea Prensa). Entró con las manos detrás de la cintura, saludó a todos, caminó despacio hasta el otro extremo de la redacción, miró las fotos de Quino y de Rogelio García Lupo que están en la puerta de su oficina, se sacó la boina, se sentó frente a la foto de su nieto, tomó el lápiz azul y, con el corazón hirviendo y la mano helada, hizo un dibujo: George Washington, mirando con lupa el vaivén del dólar. Lo entregó a tiempo, como siempre. Y con el trabajo listo, volvió satisfecho a su casa en Olivos. Fue la última pincelada de una vida que estiró la pasión hasta el último instante, como el largo bandoneón de Pichuco, otro de sus personajes habituales.

Hermenegildo Sábat es ahora el recuerdo de un artista que apuntaló la memoria de los argentinos, desafió a los poderosos y, con la piel, abrió caminos para la libertad de expresión. Ahora está desparramado en libros, en la sonrisa de Gardel, en los azulejos del subte A, en recortes de diarios y en retratos que regalaba a sus compañeros de trabajo, a quienes sorprendía cada tarde con un original.

Hizo lo que más disfrutaba hasta los 85 años. No está mal para un caricaturista que entró a Clarín en 1973 y fue testigo de primaveras, violencias y el golpe de Estado que llevó a la dictadura más atroz de la historia argentina, tiempo en el que un represor, Guillermo Suárez Mason, le mandó una cinta grabada con una amenaza brutal: “Si ese boludo insiste con los dibujitos, lo tiramos al río”. Sábat, por supuesto, insistió: dibujó a Jorge Videla cuando nadie se atrevía y a los generales en retirada como viudas, cuando tuvieron que dar paso al retorno democrático en 1983.

Una de las películas que más le gustaba era “Medianoche en París”, porque Woody Allen, clarinetista como él, invitaba a los espectadores a pasear por las épocas doradas del arte y la cultura. La trayectoria de Menchi hizo también ese viaje a través del tiempo. Fue pintor, músico, periodista, fotógrafo y maestro en su taller de San Telmo, que luego trasladó al cruce de Bernardo de Yrigoyen e Hipólito Yrigoyen, tal vez uno de sus chistes para desorientar a los GPS.

Menchi becaba a los aspirantes que andaban cortos de plata. “A mí me guió, me enseñó a agarrar el lápiz, me mostró obras de arte que jamás había visto, me puso a copiarlas y me alentó a hacer lo que me apasionaba. Pero lo más increíble es que él, mientras nos enseñaba, seguía dibujando a nuestro lado, hasta el último minuto del día”, contó Ezequiel Ponce, el empleado que reparte la correspondencia en el diario.

La biografía de Sábat desbordaba en quilates, pero más imponente era su simpleza. Nacido en Montevideo en 1933, hincha de Peñarol y habitante de Pocitos, conoció a reyes y premios Nobel, conversó con Jorge Luis Borges, cruzó cartas con Julio Cortázar, estuvo en fiestas con Truman Capote, fotografió al clarinetista Benny Goodman, dibujó al Che Guevara y recibió aplausos de Gabriel García Márquez. Pero era más feliz comiendo una fugazzeta en La Boca o mirando películas de Carlitos Chaplin.

Del período de los golpes militares recuerdo que lo viví… con ganas de dibujar. En esa época no había fotocopiadoras, de modo que los originales y las copias iban con carbónico”

No había viajero que no se llevara sus recomendaciones para visitar museos del mundo, que conocía como si hubiera estado en el taller de Diego Velázquez con su guardapolvo azul.

Del dibujo de Cristina Kirchner con la boca tapada y las acusaciones al filo del peligro que ella le lanzó desde los micrófonos oficiales hay un dato menos conocido: por lo bajo, y a través de un intermediario, la ex presidenta le envió mensajes y quiso verlo en la Casa Rosada, pero Sábat prefirió no ir.

La otra gran película que le gustaba a Menchi era “El ciudadano”, de Orson Welles, porque reflejaba la vida de un idealista de la industria de los medios, Charles Foster Kane, que queda atrapado en las lógicas del poder. Menchi era lo contrario a la ambición: cuando llegó a secretario de redacción del diario uruguayo El País, en 1965, renunció, porque no quería convertirse en un burócrata “ni pasar por el mal momento de tener que ordenar que me traigan un café”.

Se vino entonces a la Argentina, en el Vapor de la Carrera. Deambuló por agencias de publicidad. Un dibujo suyo se usó en una campaña para vender autos. Pero recuperó el camino periodístico, trabajó en Primera Plana y, en 1971, entró al diario La Opinión, de Jacobo Timerman. Sus dibujos reemplazaron a las fotografías. Y a las palabras.

En 1975 fue secuestrado en un operativo, por error. “¿Y con éste qué hacemos?”, se preguntaron sus captores, que habían ido a buscar a miembros del Museo de Bellas Artes. Lo salvó un delegado del diario, que justo lo vio y pudo avisar. Horas después lo liberaron.

Menchi delineó esa Argentina en ebullición con tinta negra. En Clarín pasó 45 años caricaturizando a políticos desatinados, almirantes y generales sangrientos, presidentes aferrados al sillón de mando y funcionarios impresentables, a los que condecoraba con un tomatazo. En los últimos tiempos, dibujó cuadernos.

Hace un año recibió el Konex de Brillante, uno de los premios que coronó su trayectoria y que él agradeció con un mensaje hacia el futuro: “Espero que estas cosas ayuden a otros a trabajar con ilusión”, dijo Menchi emocionado y rodeado por sus compañeros de la redacción, que hacían fila para abrazarlo.

Siempre lo rodeaba el cariño. Los domingos de elecciones, hasta la madrugada, posaba con gestos graciosos para las selfies que le pedían los periodistas, mientras la redacción vivía las furiosas horas de cierre.

“A veces extraño el ruido de las máquinas de escribir”, se sinceraba, nostálgico, en su oficina con luz natural de la calle Piedras, que nunca tuvo conectada una computadora. Dejó las cuatro paredes de ese ambiente mínimo repletas de libros, pequeños cuadros, tapas de Ñ dibujadas por él y fotografías, a modo de legado. Apenas cabía su silla y una más, para quien fuera un rato a charlar con él.

La prensa genera fortunas que muchas veces se dilapidan en tonterías, poderes transitorios. Pero el dueño de la prosa, o de los dibujos, es y seguirá siendo el lector”

Sus lápices, que dibujaron la realidad nacional y desafiaron la censura, cabían en una taza de café.

Menchi fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y personalidad emérita de la cultura argentina. En 1988 recibió el prestigioso premio María Moors Cabot de la Universidad de Columbia.

Fue amigo de Robert Cox y de Juan Gelman. Y Cortázar aceptó sus consejos para mejorar un texto, porque Menchi se lo leyó con espíritu crítico y sincero.

Cuando García Márquez le entregó el premio de la Fundación Nuevo Periodismo, por “su conducta intachable frente al poder”, Menchi tomó el micrófono y dijo: “La prensa otorga prestigios bien habidos, dudosos, defendidos o impresentables. Genera fortunas que muchas veces se dilapidan en tonterías, poderes transitorios o efímeros, y soberbias repetidas e incorregibles. Pero el dueño de la prosa, o de los dibujos, es, y seguirá siendo, el lector”.

Sábat se consideraba a sí mismo como “un dibujante parecido a un pianista de cabaret”, porque su atmósfera más inspiradora era la redacción.

Una vez, en Nueva York, compró una caja de sellos que agregaron a sus dibujos un nivel más de lectura. Eran leones y gorilas que rodeaban a ministros y candidatos. Muchos no comprendían el mensaje y se preguntaban, temerosos, qué había querido decir Menchi ese día.

Porque Menchi no usaba palabras en sus dibujos. Usaba alas para despedir a los ilustres. Como las dos que lo elevan a la dimensión de lo inolvidable.